3 abr. 2013

Calles y Solares para nuestra Señora de la Limpia Concepción

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Paisajes del Huila
Foto César Rincón González 


 Por: Miguel de León
  
Miguel de León
La orden es avanzar. Dar un paso detrás de otro, y otro, buscando salir del monte, de esa ramada que golpea la cara y el resto del cuerpo, con un placer satánico. Pisar el suelo húmedo, lleno de hojas caídas, evitando despertar los animales que se esconden en ellas. Hacer camino detrás de quién marcha adelante, que igual va callado, rompiéndose el alma en este rastrojo. Escuchar los gritos que nos rodean y que no todos distinguimos; aullidos, alaridos y ruidos que parecen salir de los árboles que nos cubren y que algunas veces nos dejan ver parte del cielo. A veces se escuchan los gritos de los oficiales apurando el paso, seguro les asusta más estos montes que las flechas de los pijaos. Todos estamos cansados, pero igual queremos salir a cielo abierto y llegar pronto a buen resguardo.

De pronto llegamos al río grande. Un poco más allá, está la nueva villa de mi capitán Ospina. No vamos a cruzar sino a seguir su corriente bajo los grandes árboles sombríos, mirando el agua espesa y oscura, que nos acompaña en esta parte final del camino. En la otra orilla, vemos caimanes abriendo sus bocazas, como invitación a ser tragados por esos hambrientos animales. Sin embargo, no se mueven y siguen durmiendo la siesta, que todos queremos sea eterna. Los que van adelante abren una brecha en el muro de los árboles y llegamos a otro río más pequeño y calmado, el cual pasamos saltando de piedra en piedra, sintiendo cómo los peces huyen de nosotros bajo nuestros pies.

Un estafeta que monta un caballo cansado, nos espera con agua fresca y algunas frutas de la región. Nos acompaña en la parte final y  nos dice que el capitán está llegado con su gente, pero que en el sitio escogido ya está trabajando un alarife quién es el constructor suyo y siempre lo ha acompañado en estas labores. Finalmente llegamos al sitio acordado. Es plano con un ligero declive, pero visualmente abierto sobre el entorno y cercano a varias corrientes de agua. Vemos algunos ranchos, que parecen abandonados. Como todos los que hemos visto, están cubiertos con hojas de palma,  construidos con cañas y entre sus rendijas pasan los rayos solares; en el suelo se encuentran  huesos de gallina, animales silvestres, junto con otras porquerías. Se escuchan los gritos y la bulla de algunos micos encerrados en estos bohíos y que muchas veces nos sirven de diversión. Algunos de nosotros se acercan a los ranchos y descargan sus armas contra las cañas.
 
Paisajes de Baraya Huila
Foto: Nelson Tovar Romero
El sol pega de lleno en el espacio cuadrado que el alarife ha limpiado, las gotas de sudor empiezan a rodar por las frentes resecas de todos, algunos se quitan los petos que cubren sus pechos. Toda la gente se mira entre sí. Todos han andado entre arbustos y quebradas, por senderos al borde de precipicios, muchos han trepado, otros han reptados, todos han saltado cursos de agua, se han hundidos en el barro de un tierra diferente a la de España; por eso lo que todo mundo quiere es la llegada del Capitán. Nada más que llegue, entregue los solares y todo el mundo se va  a descansar. Se adivina en sus rostros el cansancio, el agotamiento, la huella de días de lucha. Nadie tiene una mirada de compasión para otra persona. En el fondo lo que piensan es que se jodan, a mí qué carajos me importa, que me entreguen mi solar y punto. Pero al paso de la mañana, los rostros cambian. Se siente mejor ánimo en los presentes;  el escribano está listo con su pluma, el cura con sus cosas, la  caballería con  los arneses y las armas, y los indios reducidos para dar base a la fundación. Todo está listo.

En ese momento, por entre el follaje verde que llena el horizonte, entra don Diego Ospina y Medinilla, Capitán General y Alguacil Mayor. Ha llegado en un zaino cabo negro, acompañado de su gente para dar forma, orden y trazar a la nueva población. El Capitán llega al trote, en dirección al cuadrado donde lo esperamos. Avanza con su caballo por el sendero principal. El sol ya arde alto, los rayos logran atravesar el techo de los pocos árboles. Todo está silencioso. No se oyen ni las aves ni los insectos. Es como si el mundo contuviera el aliento, aguardando un desenlace presentido y deseado por todos. El sonido de los cascos de los caballos contra el suelo aumenta esa sensación. De pronto, el valle se llena de relinchos que trotan, relinchos ligeros que son contestados por otros caballos que huelen a viento y pólvora. El Capitán  quiere establecer sus cuarteles permanentes en este lugar  y desde allí seguir  esparciendo las semillas que  ha traído consigo; muchos queremos lo mismo, la guerra con los pijaos ha sido larga y agotadora. Obediente con las Ordenanzas de nuestro Rey,  Felipe II, el Capitán quiere "poblar de asiento y no de paso".

Ha escogido un sitio curioso para el nuevo poblado; en el centro del Valle de las Tristuras, como lo denominó Don Sebastián de Belalcázar cuando llegó a encontrarse con el adelantado Jimenéz de Quezada, a orillas del río Grande de la Magdalena. Está ansioso el capitán, pica su caballo para llegar  presto al sitio donde lo espera su alarife. Las tres horas que se ha gastado desde su residencia en  Real de Minas, lo convierte en una sola visión a la cabeza de la comitiva que cabalga al galope para no quedar a la zaga. Todos están a la expectativa, en el rectángulo despejado,  Don Diego detiene la cabalgadura, señala energéticamente  con el brazo los límites de la fundación y a buen paso los recorre como para grabarlos mejor en su memoria y en la de su gente, que lo siguen en silencio.  Termina de recorrer  el rectángulo  y llama al escribano para que anote los nombres de la gente que viene con él, son los más cercanos y todos quieren solares en la Plaza Mayor.

Don Diego, desde su corcel, ordena a la comitiva formar en cuadro con sus caballos y que la indiada se acerque. Traza  con la espalda sobre la arenilla reverberante un rectángulo simbólico de la forma geométrica de la ciudad que nace. Ha de declararla fundada y ha de posesionarse, todo en nombre de su Majestad, el Rey Felipe. Y va a decir cómo ha de llamarse  porque lo ha pensado bien. Nada que recuerde al Valle de las Tristuras que se le ocurrió a  Don Sebastián de Belalcázar en 1538; y qué mejor que aquel Valle de Neyva en la Isla Mayor que dicen parecerse con la nueva villa. Entonces ha de llamarse "Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Neiva". Y así fue, y así será. Eso era sólo el comienzo. Aún no termina la ceremonia, no importa lo cansados que estemos, todos queremos quedarnos. Dicen que el capitán va a entregar solares a todos los presentes.

Baja de su cabalgadura y ordena sembrar el madero de la justicia en el hoyo abierto, en todo el centro. De inmediato trajeron un  tronco y le hizo hincar en aquel hoyo. En seguida lo llama el árbol de la Justicia "donde se ejecute lo que se mandare por los Jueces y Ministros della". La paz de Don Diego se altera entonces: ajusta solemne la armadura, se le enrojece el rostro, el penacho del chambergo se agita con la brisa que llega del sur y, mientras el mostacho le huele a jaguar bajo la canícula, empuña agresivamente la  espada y en alta voz anuncia que toma posesión del sitio y de la ciudad. Llama al escribano para que diese testimonio como allí fundaba, en nombre de Su Majestad, una ciudad que llamará "Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Neiva". Echó mano a la espada, y en señal de posesión dio ciertas cuchilladas en el madero, y dijo “ aquel madero señala por picota, en que fuese ejecutada la justicia real de Su Majestad". Todos aplaudimos entusiasmados.

Antes de terminar todo el ritual, el Capitán llama al Padre  Fernández para que santifique todo lo hecho. La gente está cansada pero toca aguantar,  por qué su majestad y todos los súbditos son católicos fervientes y además  el diablo  mete mucho miedo en estas lejanías. La misa es corta y el agua bendita regada generosamente. Luego toma posesión del solarón que Don Diego le adjudica; el padre Fernández a su vez, se lo entrega el presbítero Mariano Rodríguez quién acaba de llegar para  ser párroco del nuevo poblado, los soldados hincan una cruz en el lugar en el que se piensa levantar la iglesia principal, según indicaciones del nuevo sacerdote. El escribano lee en alto lo último que ha escrito, por qué hay que dejar constancia rigurosa de que el Capitán  dejará "solares a  las personas que han venido y pretende venir a esta población y adelante vinieren a hacer vecindad y que esta ciudad goce  de las libertades, prerrogativas y privilegios que se conceden a las nuevas poblaciones y pobladores dellas conforme a  derecho". Y repite que la ciudad ha de llamarse " Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Neiva " en todo tiempo y "la pone debajo de la Real Corona y de la  Gobernación del dicho Nuevo Reino de Granada”.


Tanto formalismo está cansando a la gente, ellos quieren los solares prometidos, pero el Capitán se siente cansado y le dice a sus cercanos que dejen lo de los solares para otro día. Despacha con un gesto, a señores e indios, escribano y curas, parientes y allegados, Emocionado vuelve a subir a su zaino cabo negro, y trepa lentamente a la cúspide del Cerro de los Chaparros que a la fundación vigila, contempla desde allí las estacas que distribuyen los solares, la plaza, la parcela de la iglesia,  y regresa lentamente al Real de Minas a meditar en su obra. El alarife  ha marcado el solar en donde edificará la mansión su capitán, en aquel costado de la plaza, cerca de la iglesia y frente al árbol de la justicia. Esta seguro que la nueva ciudad será grande, próspera y católica; centro promisorio de desarrollos económicos. A la espalda del capitán trota la comitiva. Sueltan espumas las caballerías, sudorosas al sol de verano de ese mayo que ya pertenece a la Historia. La tarea ha sido dura y  larga desde la mañana hasta ahora que ya cayendo el sol.

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