3 abr. 2013

El regreso de Juana López


 
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Imágenes típicas del Huila
Municipio de Villavieja Huila
Foto: César A.Rincón G.
Los acontecimientos más grandes no son nuestras horas
más estruendosas, sino las más silenciosas”.
F. Nietzsche.

Por Miguel de León

Miguel de León
Estamos solos, Benito.  Este pueblo es una agonía y nadie desea habernos conocido.  La gente siempre está hablando y callan cuando me ven pasar.  Nuestras vidas se caen y se derraman, se hacen sucias y no me importa.  Todo este día en que la sedienta boca española saboreó la sangre de tu sentencia: “! Decapítenlas!”.  La cabeza y las extremidades del coronel Salas serán trasladadas por su hijo menor a Santa Fe de Bogotá” Sentencia que nadie olvida en este pueblo.

Pero antes te fusilaron en la Plaza Mayor.  Fui a verte por última vez con mis súplicas, con mis lamentos de mujer.  Te arrastraban dos soldados, cada uno llevándote de un brazo,  cubriéndote con un camisón morado, las manos amarradas atrás y tu rostro varonil cubierto con un paño negro.  Cuando subiste al cadalso la gente te aplaudió y tú inclinaste la cabeza en señal de gratitud.  Me sentí orgullosa de ser la mujer que amabas.  Con tu muerte, una sorda rabia me llevó a seguir viviendo, casi a pesar de mí misma.

Nos quitaron todo. La casa grande de bahareque, de amplios corredores y frescos patios la convirtieron en campamentos de paso de los oficiales del Batallón Primero del regimiento Numancia.  Los mismos que te mataron.  Las reses de nuestra hacienda fueron comida para esos bárbaros.  No dejaron nada y no me duele no tener nada. Sólo tu rostro y la de los otros patriotas fusilados lastiman y entristece mi corazón. Los españoles cogieron tu cuerpo, Benito, distante y ausente de vida y lo despedazaron.   Aumentaron la hostilidad y la censura.  Se nos negó el contacto con la gente bien y la gente buena.  Por eso sólo un puñado de españoles vino a escoltarnos hasta la salida del pueblo.  Allí, a la orilla del río Las Ceibas, nos entregaron unos paquetes con tu cabeza, tus piernas y tus brazos.  Con ellos iniciamos el peregrinar triste y rencoroso hasta Santa Fe de Bogotá.  Los niños lloraban.  No me animaba a ese camino caluroso.  Tú sabes que aquí hay siempre un calor insoportable.  La cercanía del desierto siempre está mordiendo nuestra piel y nuestras horas.  Somos habitantes de un pequeño infierno.  Por eso preferiste acompañar a Nariño en la campaña del Sur.  Fue tu decisión.

Indiferente a nuestra tristeza, el día era limpio, casi de un azul efervescente.  Tal vez por eso varios peones de nuestra hacienda llegaron a acompañarnos.  Caminamos en un silencio largo y extenuante como el propio tiempo.  Al final de La Manguita, como tú llamabas a la hacienda, el negro Simón ordenó descanso, cogió tu cabeza y la llevó cerca a la quebrada que dividía la hacienda.  Allí abrió un hueco y la enterró.  Colocamos una improvisada cruz y rezamos un rosario.  Seguimos nuestro destierro por ese Valle de las Tristuras.

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Aipe Huila
Foto de Martín Borrero
Los peones nos acompañaron hasta Aipe.  De ahí en adelante solo Simón y su mujer nos acompañaron.  Fueron la parte amable para soportar el opresivo y monocorde gris de este paisaje sin verde y de desierto, de este paisaje desolado donde quedaron nuestros sueños.  En el camino oímos hablar de miedo, de escarmiento, de cadalsos, de muerte, prisioneros y fusiles, de tropas y traiciones.  La gente repetía un nombre que todo lo negaba: El Pacificador.  Él nos cambió el mundo, nos puso al margen de la historia.

Supimos de amigos y familiares tomados prisioneros y apelados.  Escuché historias escandalosas del sufrimiento que acompañaba a viudas y huérfanos.  Nosotros callamos, coronel Salas.  Mis hijos sufrieron lo inimaginable, aún así, crecieron y cambiaron apresuradamente en esos días revueltos.  Al llegar a Santa Fe, las casas y la vida parecían envueltas en una luz distinta. Por varios meses, por todas partes flotaba la tristeza y las lágrimas recordaban a los muchos que habían muerto.  Llegamos estigmatizados y marginados.

Era un tiempo sin sosiego, un vivir entre convulsiones  e impredecibles sobresaltos.  La guerra de los españoles era continua e incesante, una guerra donde los vencidos del ayer resurgían y aparecían como vencedores del presente para continuar matando patriotas.  La incertidumbre se fue instalando con su desorden en la vida cotidiana de todos.  Volvía a mis labores de bordado y tejido, ellas me procuraban largas horas de alejamiento del mundo; además me pagaban bien y sobrevivimos con ellas.  Poco a poco regresó ese tiempo donde uno resucita, donde volvemos a la vida.

Y las cosas cambiaron, Benito, como un murmullo de nuevas noticias. Llegó el eco de heroicas hazañas, llegó el nombre de un venezolano, la música perturbadora de tu causa renacida y creciendo en los llanos del Orinoco.  Llegó el grito de los hombres y los pueblos buscando una nueva y poderosa razón para soñar una patria nueva y construirla.  Todo empezó a cambiar y renovarse.  Los españoles huyeron, llevándose su odio.  Yo tenía abierto en mis recuerdos las imágenes terribles de tu muerte.  Rescaté entre mi memoria tu gesta, tu guerra y supe que la victoria era también nuestra, era mía.  El venezolano entró a Santa Fe y lo declaramos Libertador.

Regresé a Neiva para buscar tu cuerpo y darte cristiana sepultura.  Regresé a buscarte, Benito, a encontrarnos en lo más profundo de un amor que nunca destruyó la muerte.  Encontré el silencio, las lágrimas, otra vez el dolor.  Nos dejaron solos, pero no me importó.  Neiva es entrañas y memoria, punto de amor y certidumbre de mis sueños y en ella veré mi último crepúsculo.  Encontré tus huesos, los enterré al lado de tu hermano Fernando; no encontré tu cabeza.  Escarbamos toda la hacienda y no la encontramos; Simón está muerto y nunca me dijo dónde la enterró.

No les dije nada a tus hijos, ellos no van a desamparar tu nombre y sobre tu tumba jamás caerá el olvido.  Estas letras las escribo para ti y serán enterradas con tus huesos.  Están escritas en el silencio y sólo aspiro, desde el fondo de mi alma, que tú las leas. Tu vida y tu muerte me arrancaron un poco de mi vida, pero no quiero un pedazo de mi vida separada de la tuya.  Con estas letras va mi vida entera. Cuando las encuentres abrázame toda, que yo besaré tu cuerpo amado con la misma pasión de siempre, mi coronel Salas.

Villa de la Inmaculada Concepción de Neiva.
Noviembre del año de la Independencia.


(En el 2005, el periodista huilense, Marco Fidel Yukumá escribió la historia novelada del coronel Benito Salas y su esposa Juana López, mártires huilenses de la Independencia.  De su lectura surgió el anterior texto.  Fue publicado inicialmente en la revista “La Puerta” en su edición No. 3).

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