3 abr. 2013

La venganza de Guaitipán

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Monumento La Gaitana
Malecón del Río Magdalena
Neiva Huila Colombia
Foto de César A. Rincón González 



Por Miguel de León

“Una india llamada La Gaitana,
O fuese nombre propio manifiesto
O que por españoles fuese puesto…”
(Juan de Castellanos, Elegía de varones ilustres de Indias.)

Miguel de León
En tiempos de paz, los guerreros cazaban enormes venados  de pelaje encendido y, al atardecer, alrededor de una fogata, contaban historias exageradas de sus guerras con otras tribus.  Hablaban de altas montañas y de vientos salvajes que callaban sus pasos, de selvas atravesadas por animales feroces y del cielo azul partido por grandes pájaros de colores que los guiaban misteriosamente. Los guerreros bebían yagé y hablaban de grandes peligros más emocionantes que la insípida caza de venados.

Pero esa noche, entre grandes sombras que se movían sobre las altas ceibas, los rostros estaban silenciosos, solo enrojecidos por la luz de la fogata.  Los últimos hechos no eran nada alentadores.  Ya no hablaban en tumulto, miraban callados al chasquis que acababa de llegar, y que sentado en una piedra, bebía agua de un totumo.  El mensajero se sabía portador de malas noticias. Por eso se tomaba su tiempo, despacio, tomando aire y buscando las palabras precisas para lo que tenía que decir.

―Guaitipán nos mostró que los invasores no son enviados de los dioses, sino   hombres llenos de maldad, que no vacilan ante la muerte.  Maldad que ocultó al taita Inti de los Incas y lo retiró a la oscuridad y al silencio.  Maldad que le costó la muerte a su hijo Buiponga, quemado vivo por el invasor como castigo por no postrarse ante ellos.

Todos los guerreros recordaron la escena del sacrificio del joven cacique.  Algunos derramaron silenciosas lágrimas y sintieron hervir la sangre por guerrear nuevamente.  La Pachamama cambió ese día  para todos y el viento del sur se hizo de guerra y venganza.  El aire huracanado entró a sus cuerpos y todos se agruparon alrededor de Guaitipán.  Cambiaron los gritos de los animales y de sus voces; nuevas formas envolvieron a los guerreros.  Los nuevos gritos de la cacica se escucharon por toda la tierra Andaquí:

“Hijo mío, dolor de mis entrañas, te quemaron vivo para poner espanto a nuestra gente.  Tales son sus mañas. Por eso, a nuestra causa la razón ayuda. Y la ventura va con quien se atreve.  De la victoria nuestra no se duda.  Vamos a pagar la deuda a quien la debe. Pídeme la venganza, hijo, que haré cuanto quisiere!”. Y la cacica los unió alrededor de la venganza y se lanzaron a defender su tierra.

―La guerra fue larga y dura―continuó el chasquis  –   El invasor montaba sobre el buziraco y echaba rayos con sus varas.  Nuestras flechas con curare en la punta rebotaban en sus pechos y las lanzas con cascabeles no servían, pero Guaitipán nos enseñó a guerrear de otra forma, a aprovechar la tierra indomable que el conquistador desconocía y a enredarlo en la manigua. A llevarlo a las trampas llenas de estacas puntiagudas, a buscar los árboles altos para agazaparnos y disparar flechas envenenadas, a aplastar sus bestias con grandes piedras.  A atacarlo por sorpresa cuando se creía a salvo.

Fue una guerra brutal y cruel, como pocas.  Los Andaquíes fueron valientes, lo                                             mismo que los Yalcones y los Timanaes, los Guanacas y los Pinaos, ayudaron, pero sin integrarse mucho.  La naturaleza también ayudaba; más de una vez, el Guacacallo cambió de curso y nos separó del invasor.  Los montes escondían los caminos y podíamos atacar por la espalda.  Todos los que estamos acá participamos en escaramuzas y batallas contra el invasor.  Todos guerreamos al lado de Guaitipán y Pigoanza.

Los recuerdos aumentan en intensidad. Algunos guerreros se tocan cicatrices frescas.  La última batalla fue en la llanura hirviente, rodeados de calores malsanos y de ceibales sangrantes.  Los invasores no dieron tregua, pero esta vez el viento fatídico sopló al lado de los feroces invasores.  Al amanecer comenzó la gran batalla de Guaitipán. La voz del mensajero, se calma y continua;
 
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Monumento La Gaitana
Malecón del Río Magdalena
Neiva Huila Colombia
Foto de César A. Rincón González 
–  Todos buscábamos al capitán de los invasores hasta que un golpe de macana tumbó a la bestia.  Y la bestia cayó muerta y al mismo capitán tomamos vivo y quedó para escarnio.  Pigoanza cumplió su promesa, y al final de la batalla lo entregó a la cacica.  Ella se acercó despacio. La rabia y el coraje estaban en su pecho. Lo escupió con ira y con el propio cuchillo del invasor le sacó primero los ojos y luego  los devoro.  El espíritu del invasor entró a su cuerpo.  Después, perforó la quijada por debajo de la barba; por allí metió un fuerte bejuco y lo aseguró con un nudo.  Todo el tiempo el invasor gritó y pidió perdón hasta que el sufrimiento lo desmayó.  La mano de la cacica en ningún momento tembló y su mirada de águila refulgía de odio.

 Cuando salimos del campo de batalla – recuerda el chasquis  –  los chicoras entraron por  su festín.  El cuerpo del capitán invasor fue arrastrado por Guaitipán por rumbos distintos, recorriendo todos los bohíos y malocas; los niños lo insultaban, le tiraban piedras y las mujeres lo escupían.  Su rostro se volvió una masa sangrienta donde nada tenía forma humana.  El invasor aguantó hasta que sucumbió ante el pueblo de los Andaquíes.  El cuerpo fue cortado y sus restos tirados a los chicoras.  Los festejos duraron hasta que la chicha se acabó.  La venganza dejó agotada a Guaitipán.  No quiso tomar chicha y se retiró a su maloca, pero antes dejó encargados de las guerras a Pigoanza y Aniobongo; ellos eran los mejores.
 
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Monumento La Gaitana
Malecón del Río Magdalena
Neiva Huila Colombia
Foto de César A. Rincón González 
           Desde la selva los rugidos de tigres y jaguares se oyen lejanos, y el chillido de los monos se escucha en las ramas altas de la arboleda.  Pero los guerreros nada oyen, concentrados en sus recuerdos y sus historias de guerra.  De algún lado un totumo lleno de yagé pasa de mano en mano.  Los guerreros beben con calma.

―Todos conocemos la historia hasta acá.  Muchos regresamos a nuestros bohíos.  El invasor había venido por riquezas y a dominar a nuestros pueblos.  Con la muerte del capitán invasor pensábamos que eso no iba a pasar.  Pero llegaron más.  Venían de guerrear con los Pijaos, venían sedientos de sangre.  No traían un jefe experto sino capitanes compulsivos y llenos de odio.  Llegaron y la guerra continuó más cruel que antes.

Guiados por el olfato de sus bestias, invadieron primero las tierras de Aniobongo, continuaron por la orilla del Guacacallo hasta llegar a Timaná.  Buscaban a Guaitipán, la preguntaban y en su voz había odio.  Ella andaba de un lugar a otro, dándole valor a los guerreros, estimulando a las mujeres para que lucharán al lado de sus hombres.  Pero los Yanaconas decidieron guerrear al lado de los invasores.  Otros más huyeron a la selva, buscando el rastro de la gran anaconda.  La guerra se complicó para todos.

Pigoanza reunió a todos los guerreros; mandó a los chasquis adelante.  De noche rodeo al Guacacallo y cayó sobre los invasores.  Estos, ayudados por los yanaconas, resisten al ataque.  El invasor utiliza truenos y rayos y las bestias atacan con dientes y patas.  Al tiempo, Pigoanza es herido, abandona el campo con guerreros agotados y llenos de sangre.  El invasor grita victoria.  Los guerreros quieren esconderse en la noche, la vergüenza los domina.  Los recuerdos heroicos se desvanecen ante la tragedia presentida y confirmada esa noche.  Todos quieren saber de Guaitipán, pero nadie se atreve a preguntar. La chicha circula con avidez.  Lunas atrás, en la madrugada, con la niebla todavía enredada en los bejucos del Guacacallo, con sombras verdes que más tarde se volverían caimanes y con el coro de todas las voces que se alzaban por encima de las inmensas hojas, Guaitipán inició su último recorrido. Decidió encontrarse con los valientes Pijaos, orillando los bosques, buscando a lo lejos el llanto infinito.
 
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Monumento La Gaitana
Malecón del Río Magdalena
Neiva Huila Colombia
Foto de César A. Rincón González 


―Ese día estaba hermosa. Tenía pendientes en sus orejas, chagualas  en sus narices, en los brazos resplandecían  las lágrimas del sol, sobre su pelo largo se había colocado diademas y una colina de pectorales cubría su pecho altivo.  Tal vez quería mostrarle al invasor los objetos de su codicia, tal vez quería sentir por última vez su cuerpo, la carne de los dioses en la tierra.  Guaitipán salió y en su mano llevaba la caracola de guerra para convocar a los guerreros pero pocos acudieron, solamente su guardia personal.  Con ellos entró al cañón del Guacacallo, con el río profundamente encajonado, buscando la tierra de los Pijaos, mirando el llano infinito, en el cual el Guacacallo se explaya y se pierde.  Volvió a entrar al estrecho, allí donde raudales del gran río rompen el techo de un cañón que tiene la resonancia del fin del mundo y unos peñascos que se esconden en las nubes. Cuando llegaron a la desembocadura del río Timaná, el invasor, sorpresivamente, emboscó a Guaitipán.

La batalla fue corta y muy pronto Guaitipán se vio sola.  Subió por las altas paredes de piedra hasta el peñasco de Pericongo pero el invasor, apoyado en sus bestias, le dio alcance en ese sitio.  El ruido de las patas del buziraco sobre las piedras, el bullicio del río y los gritos de los invasores se confundió en ella, pero eso no la asustó.  Tomó su lanza y los enfrentó teniendo como fondo el inmenso cañón.  Esquivó hábilmente al primer conquistador quien cayó al abismo con su bestia.  Sintió que la lanza estaba perforando la piel odiada y el olor de la sangre subió a su rostro.  Al caer de su bestia, el invasor se llevó consigo la lanza, dejando a Guaitipán desarmada.  Los invasores sonrieron, era su oportunidad.

El capitán, espoleó su bestia y avanzó con la vara cortante en la mano, gritando cosas que la cacica no entendió.  Ella se recostó sobre un árbol que se inclinaba sobre el río y supo que no tenía salida, que su castigo sería peor que el del capitán invasor.  En su desespero subió al árbol y sin perder de vista al invasor se lanzó al Guacacallo.  Desde su altura, los invasores vieron caer el cuerpo, pero no salió a flote.  Nadie sabe qué pasó con ella.  Los invasores buscaron, querían un trofeo de guerra para mostrar, pero nada encontraron.  Nuestros hermanos buscaron y nada encontraron.

¡Ella no puede morir! ―gritó un guerrero antes de caer en un llanto de raras convulsiones― ¡no puede morir, no!

El chasquis terminó su narración con voz entrecortada, dijo que Guaitipán había vuelto al lecho del Guacacallo en forma de pez.  Luego, que la guerra había terminado, que los invasores se habían apropiado de sus tierras, que muchos indios estaban con ellos.  Lo dijo y cayó en un profundo silencio.
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